HERIDAS DE GUERRA

10 octubre, 2012
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«He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.» (2 Tim. 4:7, en Biblia de las Américas)

Nunca el tiempo es perdido. Tanto las experiencias que nos marcan en positivo, como aquellas que nos causan un profundo malestar, nos ayudan. Cuando hacemos depender nuestra felicidad de la durabilidad y permanencia de las primeras, percibimos nuestro mundo como un entorno hostil. Sin embargo, si comprendemos que los zarpazos que la existencia nos asesta, pueden ser ocasión de aprendizaje, volvemos de la batalla henchidos de orgullo por haber librado el buen combate de la vida.

La Biblia, por boca del Apóstol Pablo, nos remite a la figura del guerrero espiritual. Sin embargo, no sólo se trata de sacar pecho cuando atravesamos la meta y sentimos que hemos cumplido con nuestra obligación de creyentes o, sencillamente, de individuos que se deben a un innegociable código de valores. No. Librar el buen combate implica, inexorablemente, crecer. Friedrich Nietzsche dijo en su día que, lo que no nos mata nos hace más fuertes. La lucha nos ha marcado con cicatrices sin fin. Nadie es inmune a ese dolor de corazón causado por las lanzadas del odio, el desprecio, la desconfianza, la traición, el engaño, el abuso, el pecado propio y el ajeno. Sin embargo, el propio sufrimiento nos convierte en seres de luz que, a su vez, puedan alumbrar a quienes aún caminan en tinieblas.

Nunca el tiempo es perdido. Quienes peinan canas y lucen orgullosos sus arrugas, no están de moda. En el reino de las apariencias se rinde culto a la eterna juventud. Desgraciadamente, se olvida con frecuencia que las huellas que dejan, no sólo el paso del tiempo, sino también nuestras contiendas sin final, quedan grabadas para siempre en nuestro cuerpo físico. Pero, afortunadamente, a medida que crecemos, la belleza de nuestra alma se hace, día a día, más patente.

Hace unos días, mi amigo Raimundo vino, cabizbajo y triste, a pedirme consejo, a propósito de un amor que no quiere por nada del mundo dejar pasar. Ella es una mujer madura que rebasó ampliamente los cuarenta. Divorciada y madre de dos muchachos, nunca perdió la fe en el amor, como tampoco mi amigo Raimundo. Su mejor amigo fue quien le aconsejó (al igual que hubiesen hecho una legión de varones que todavía sueñan con encontrar a una mujer pura e impoluta), ¿Por qué no buscas una mujer más joven y, sobre todo, nunca casada, y sin hijos?

Ella es una hembra virtuosa, alérgica al desánimo y siempre servicial. Dedica sus mejores esfuerzos a hacer que mi amigo Raimundo se sienta como un rey en su castillo. De su boca sale, tan pronto un consejo sabio, como un susurro al oído lleno de candor. Su porte es el de una dama que hace brillar, como un astro, al afortunado varón que pueda acompañarla. En sus manos no hay oro ni espada, pero le sobra y basta con su ternura, su piedad y su caridad. Tan sólo su hoja de servicios en la larga guerra de la vida, la convierte en una opción descartable para un buen número de aspirantes puristas.

Sin embargo, mi amigo Raimundo, quien también lucha en su particular contienda espiritual, ve en ella a una fémina de belleza inconmensurable, vestida de armadura y yelmo, armada con espada de doble filo y siempre presto el escudo. Salvando las distancias, se siente como el guerrero Conan de Cimmeria al lado de su intrépida y valiente Valeria.

Jesucristo invitó a arrojar la primera piedra a aquellos que estuvieran libres de pecado. Probablemente, el Maestro pensaría también en pedir que hicieran lo mismo quienes sienten que no tienen un pasado; quienes no creen que su alma está hecha jirones tras tantos años de largo batallar… en suma, quienes no consideran que han bregado en mil luchas, primeramente contra sí mismos, y contra un sinfín de adversidades y retos.

Nuestras heridas de guerra son el testimonio de que la vida no ha pasado por nosotros sin pena ni gloria. Testimonian que elegimos y nos equivocamos; que arriesgamos y lo perdimos todo; que amamos a veces, y que, lástima, también sentimos odio; que buscamos sin hallar; que recibimos desprecio en vez de recompensa. Si nunca una herida de guerra nos llevó a hincar las rodillas en tierra y desplomarnos, ello significa que vivimos para contarlo; es decir, que elegimos seguir adelante sin esconder nuestras cabezas bajo tierra. No creo que por ello, empero, merezcamos llenar nuestra pechera de medallas. Pero desde luego, podemos mirarnos al espejo y sentir que somos más fuertes y más sabios que ayer, y menos que mañana.

Raúl es teólogo, periodista y conferenciante ocasional. Ha trabajado, entre otros, en medios radiofónicos del grupo EITB. Además, ha dedicado los últimos tres años a su blog personal “Salburua” y a editar dos ensayos. Sus planteamientos beben en las fuentes del monoteísmo. Sin embargo, su talante dialogante le aleja de concepciones férreas y ortodoxas y le coloca siempre a la búsqueda incansable de esa verdad que sólo entre todos podemos encontrar.
Raul Diaz de Arkaia
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