EL AÑO SABÁTICO

10 noviembre, 2012
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El activismo es uno de los cánceres de nuestra sociedad. La consigna no escrita es: permanece activo en todo tiempo. El stay hungry, stay foolish (permanece hambriento, permanece alocado) de Steve Jobs es un consejo siempre recomendable…, salvo que el interesado o interesada haya perdido el norte. A fin de cuentas, para nadie resulta conveniente caminar por la existencia como pato sin cabeza.

Pero no hace falta ser empresario para comprender la necesidad de una vida con sentido. Dicho sentido viene dado por el objetivo, el reto o el anhelo que nos hemos planteado. Pues bien, desgraciadamente para ellas, muchas personas abandonan esta dimensión sin haber conocido el propósito de su existencia: probablemente, más de las que podríamos imaginar en un principio. Es posible que, incluso los individuos que tenemos por triunfadores y a quienes más admiramos, estén viviendo las vidas que otros quisieron para ellos.

Hay personas afortunadas que, desde sus primeros compases de vida, saben a qué quieren dedicarse. Sin embargo, quienes se debaten en un mar de dudas, sucumben con facilidad ante la vana ansia de riquezas o posición. Desde tiempos remotos, el aforismo griego, Conócete a ti mismo, es un canto a la introspección que, aparentemente, puede resultar incómodo en un tiempo especialmente agitado como el que vivimos. Revisar nuestros objetivos e incluso nuestras estrategias para conseguirlos no casa bien con el activismo en el que estamos inmersos. Ralentizar nuestro ritmo podría obligarnos a quedar atrás, en el marco de feroz competitividad en el que no se hacen prisioneros.

En el mundo antiguo, los miembros del pueblo judío estaban autorizados a dejar de cultivar un campo por espacio de un año, toda vez que habían encadenado seis años seguidos de trabajo agrícola. Del mismo modo, el judío que compraba un esclavo de su misma etnia, debía liberarlo una vez cumplidos seis años de servicio. Finalmente, el día séptimo de cada semana (domingo en la religión cristiana y sábado o sabbath en la religión hebrea) estaba y está consagrado al descanso.

El descanso sabático no implica, por sí mismo, inactividad, sino cambio en la actividad. El sabbath llevaba (y lleva) al hombre creyente, es decir, trascendente, a dedicarse a Dios en cuerpo y alma. Es un alto en el camino para recordar de dónde venimos y hacia dónde vamos.

Por desgracia para todos nosotros, la civilización occidental no incentiva en esa dirección -no ya, un año sabático, sino ni siquiera un mes-. Porque el sabbath es algo más que un mero descanso o vacación: supone, de hecho, cuestionarnos lo que estamos haciendo; poner a funcionar nuestro espíritu creativo; y aceptar un abanico de posibilidades donde entren, incluso, aquellas opciones que, por convencionalismos, tradición o miedos, jamás habríamos contemplado.

No es plato de buen gusto conocerse a uno mismo y llevarse un chasco. Comprobar que durante años hemos renunciado a lo más sagrado, a aquello que nos apasiona, a lo que en verdad contribuye a nuestra realización personal… Esta comprobación, puede convertirse en un shock que nos descoloque… y que provoque rechazo e incomprensión en quienes viven a nuestro lado. Pero, ¿acaso no vale la pena asomarse a nuestro interior con tal de certificar que estamos siendo fieles a nosotros mismos?

Las posibilidades son inagotables, pero todas ellas coinciden en un patrón fijo: hemos de huir del mundanal ruido y permitirnos un tiempo para el silencio. Será así como mejor podamos asomarnos a nuestro yo más puro. Así las cosas, podemos peregrinar a Compostela, a Jerusalén, a La Meca; podemos, sencillamente, retirarnos a un lugar apartado donde mejor contactar con lo divino; podemos meditar en un templo budista… Que cada quien encuentre la receta que más le convenga: hay opciones para todos los gustos.

La empresa requiere de humildad, sin duda. La civilización occidental aboga por el triunfo al precio que sea. Con demasiada frecuencia, dicho precio a pagar es el burnout o síndrome del quemado, pero no hace falta llegar a tales extremos. La mera vorágine de trabajo-consumo a la que nos aboca el modelo de vida, que con frecuencia seguimos, pareciera descartar el concepto de autocrítica. Sin ella, la idea del retiro, del sabbath, no puede existir. Es más, su sola mención puede invitar a pensar en una potencial pérdida de tiempo (léase, pérdida de tiempo para ganar más, para acumular más, para medrar más).

Si ese miedo nos atenaza, debemos pensar en la providencia. Y no me refiero sólo a la Divina Providencia, con mayúsculas. Estoy pensando en ese Universo que, parafraseando a Paulo Coelho, conspira para que aquello que deseamos se cumpla. No todo está en nuestras manos. Y no siempre lograremos lo que nos hemos propuesto a base de activismo sin un mínimo de reflexión.

El desierto está ahí fuera, muy cerca de nosotros. Tan sólo habremos de hacer un ejercicio de honradez con nosotros mismos para comprender que, cada cierto tiempo, vale la pena revisar lo que estamos haciendo. No midamos ese tiempo de retiro en términos de utilidad económica. Sencillamente, pensemos que el provecho que nuestras almas sacarán de esa pausa, nos colmará de plenitud. Seamos implacables con nosotros mismos y no nos dejemos arrastrar por la vorágine. La vida plena se entiende hoy en clave slow.

Raúl es teólogo, periodista y conferenciante ocasional. Ha trabajado, entre otros, en medios radiofónicos del grupo EITB. Además, ha dedicado los últimos tres años a su blog personal “Salburua” y a editar dos ensayos. Sus planteamientos beben en las fuentes del monoteísmo. Sin embargo, su talante dialogante le aleja de concepciones férreas y ortodoxas y le coloca siempre a la búsqueda incansable de esa verdad que sólo entre todos podemos encontrar.
Raul Diaz de Arkaia
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