POLÍTICOS: SUS ERRORES… NUESTROS ERRORES

10 diciembre, 2012
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Hay muchas personas que ponen en duda que nuestros políticos, por ejemplo, sean una proyección de nosotros mismos. Hace un tiempo, en una interesante conversación con amigos, llegaba a la siguiente conclusión. En muchas ocasiones se nos llena la boca al decir que nuestros políticos son corruptos, lo mismo que algunos funcionarios y algunas personas con cierto poder. Cuando empezamos a juzgarles, obviamos en todo momento nuestra propia realidad, dándole el mayor sentido a la frase: “ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en nuestro ojo”. No voy a poner en duda si los políticos son corruptos, si aprovechan sus puestos de poder, de privilegio para lograr réditos o favores, etc. Lo único que haré al respecto, será decir dos cosas: la primera, no todos los políticos son iguales, hay alguna honrosa excepción, de la misma manera que todavía existe alguna que otra persona íntegra; la segunda, no solo me reafirmo en mi idea de que son producto de nuestra sociedad, un reflejo de nosotros mismos como personas, sino que además, lo demostraré.

Conozco a personas cercanas, en diversos puestos de distintos ámbitos de la vida profesional, conozco camareros, administrativos, vendedores, ingenieros, arquitectos, informáticos, diseñadores, enfermeros, gerentes, abogados, médicos, directores, operarios, asesores, economistas, dependientes, y un larguísimo etc. Todos, en algún momento, empezando por mí, hemos criticado duramente a nuestros políticos. Pero, de hecho, si fuésemos realmente honestos y sinceros con nosotros mismos, como en el famoso momento en que Jesús dice a los presentes: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, deberíamos agachar la mirada y callar avergonzados. Todos nosotros, en algún momento de nuestra vida, de una forma puntual o continuada, hemos hecho exactamente lo mismo que muchos de nuestros gobernantes. Nos hemos beneficiado de una información para aprovechar una oportunidad. Por ejemplo, en rebajas, para poder comprar más barato antes que el resto de los clientes, que son los que realmente deben tener derecho a ellas; hemos llamado por el teléfono de la empresa para cuestiones particulares —a veces llamadas de bastante tiempo y caras—; nos hemos llevado folios de la oficina, bolígrafos, gomas, lapiceros, etc.; hemos dejado de cobrar la consumición a algún cliente, familiar, amigo o ligue; hemos metido más kilómetros de la cuenta en la hoja de gastos, también alguna factura personal como gasto de trabajo; nos hemos dado un trato privilegiado a nosotros mismos o a personas cercanas, que no se le da, por ejemplo, a los clientes; hemos tomado recetas “por la face”, material sanitario gratis; hemos aceptado regalos, más o menos caros, de proveedores o clientes que tenían como fin que les ofreciésemos un trato privilegiado; hemos aceptado invitaciones a comidas y cenas; hemos cobrado cantidades en dinero negro para no tener que declararlas, y de esta manera, no repartir beneficios con otros socios; hemos metido facturas personales para desgravarnos impuestos o meterlas como gastos de empresa, para poder “sacar” dinero de ella sin pagar los correspondientes impuestos; hemos beneficiado a amigos y familiares con puestos para los que existen candidatos mejor preparados; hemos dado chivatazos de oportunidades, y un larguísimo etc.

En mi opinión, habría que tener en cuenta que el delito no es más o menos importante dependiendo de la cantidad sustraída. Al menos, no a mayor cantidad, mayor importancia. Por ejemplo, en un mundo donde la ética marcase nuestra realidad, el que roba más debería tener menor culpa que el que roba menos. De la misma manera que una persona que lo que roba es algo que para ella es muy importante y necesario, en el fondo está cometiendo «menos» mal que aquel que lo que roba es un triste paquete de folios, que no supone mucho en su economía familiar. Mientras el primero ha «vendido» su integridad a causa de una gran tentación, el segundo ha «mal vendido» su integridad por unas tristes migajas. Con este comentario, tan solo pretendo evitar que algunos, de una forma demagógica, se escuden en decir, que cuando ellos «roban» una llamada de teléfono, hacen menos mal que quien otorga a dedo una contrata a la empresa de su hermano.

No pretendo juzgar a nadie, no me corresponde a mí ni a nadie que conozca. Y no vaya a pensar alguien que esta opinión pretende justificar el comportamiento de los políticos. Esta opinión no va encaminada en justificarles a ellos, sino a que dejemos de ver la paja en el ojo ajeno y veamos la viga en el nuestro. Si nuestros políticos son corruptos es porque nosotros somos corruptos. Si nuestros políticos son irresponsables es porque así somos nosotros. De la misma forma que somos incompetentes en muchísimas ocasiones y no tenemos la honestidad de decir: “no sé”, “esto me queda grande”, “necesito ayuda” o “esta persona está mejor preparada que yo para esta labor”.

Deberíamos abrazar, no solo a nuestros políticos como parte de nosotros, sino hacerlo también con nuestro sistema, nuestra sociedad, nuestros delincuentes, nuestras políticas… Todos formamos parte de un mismo todo. Y no, no quiero convencer a nadie de una idea metafísica o conceptual, de una idea espiritual para cuya comprensión haga falta una cierta iniciación en algunos temas o una expansión de la conciencia. Hablo de algo palpable, hablo de algo material, algo propio de la razón. De la misma manera que nuestros hijos imitan todo lo que hacemos, cada elemento de esta sociedad toma ejemplo de quien tiene al lado. Entre todos creamos ideas, tendencias. Entre todos establecemos qué es lo correcto y qué lo incorrecto, qué es aceptado y qué no lo es.

Despertemos y seamos conscientes de nuestra realidad, no de aquello que nos interesa creer o nos hace sentir bien. Despertemos, abramos los ojos y comencemos a ser autoconscientes de nosotros mismos, de nuestras virtudes y de nuestras miserias. Y hagámoslo mirando con los ojos imparciales del observador, no con los ojos de nuestra mente, no con los de nuestro ego, que siempre tiende a manipular la realidad, haciéndonos caer una y otra vez en un profundo sueño. Una vez que comenzamos a despertar, una vez que adquirimos consciencia de nuestra realidad, es cuando podemos empezar a ser seres con conciencia, cuando empezamos a valorar con nuestra conciencia qué es lo correcto y lo incorrecto.

¡Cambiemos nosotros mismos, si queremos cambiar nuestra realidad, nuestro mundo!

Daniel Sotelino dirige la revista digital Serendipity in the Way, en ella escribe de forma habitual y comparte con todo aquel que así lo desea, su visión personal del universo y su forma de entender la vida. Daniel Sotelino es autor del libro "La Fórmula de la Felicidad". En él comparte la sabiduría encontrada a lo largo de la historia y ofrece las claves para alcanzar esa FELICIDAD con mayúsculas que todos anhelamos en lo más profundo de nuestros corazones.
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