EL PODER DEL PERDÓN

10 diciembre, 2012
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Alguien diría que asistimos a los estertores de una humanidad caduca. Ese tránsito vital brindará el relevo a un nuevo status en el que primen valores de luz. En la medida de nuestras posibilidades, podremos facilitar ese cambio que ya viene, y que tratamos de impulsar y canalizar desde las páginas de esta revista.

Sin embargo, si deseamos entrar en ese nuevo ciclo con buen pie, será necesario que hagamos las paces con nuestro pasado. Para ello, resultará irrenunciable no dejar puertas entreabiertas o heridas sin cicatrizar. Habremos de soltar lastre y reconciliarnos con el pasado. Por consiguiente, practiquemos la sana costumbre del perdón.

Desde tiempo inmemorial, los guías y maestros han puesto el acento en esa capacidad que nace de nuestra libre voluntad. Jesús de Nazaret, entre otros, subraya la faceta incondicional del perdón y pone en entredicho el talante siempre calculador de la Ley judía. “¿Señor, cuántas veces deberé perdonar a mi hermano, si me hace algo malo? ¿Hasta siete?”, pregunta Pedro al Nazareno. “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. (Mt 18:21-22, según la Biblia “Dios habla hoy”). Es decir, siempre y en todo lugar, la mejor medida del amor es amar sin medida, como el Hijo de María hizo al perdonar, desde el calvario de su crucifixión, a sus verdugos.

Empero, el punto de partida del que venimos no deja, a priori, demasiadas oportunidades a la reconciliación. A fin de cuentas, el rencor, la ira o el despecho nacen del afán justiciero que a menudo domina nuestro espíritu. Sentimos, de hecho, que no perdonar a quienes nos ofenden o dañan contribuye a restaurar un supuesto equilibrio perdido. En suma, somos aún víctimas de la Ley del Talión, un estigma que llevamos grabado a fuego en el corazón. Herederos como somos de la civilización judeocristiana, nacimos con esa venenosa semilla en nuestro ser.

Podemos pensar, ingenuamente, que el resentimiento afecta, sobre todo, a quienes no otorgamos el perdón. Pero, sin embargo, somos nosotros las primeras víctimas del rencor. Ese sentir ahoga nuestra energía positiva, nos arrebata la pasión, la ternura, la creatividad, la alegría de vivir, la inocencia, la capacidad para soñar. Nuestra paz interior, e incluso nuestra salud, terminan sucumbiendo ante la arrolladora energía negativa que nace de nuestra incapacidad para hacer borrón y cuenta nueva.

Y no se trata de ser insensibles ante la falta cometida o ante sus consecuencias, sino, más bien, de pensar en nuestro bienestar. Pudiera parecer egoísta, efectivamente, pero así lo han demostrado diversos estudios científicos: el perdón brinda salud a todos los niveles y, por el contrario, su ausencia nos sume en la enfermedad.

Volvemos a recordar, en este punto, que somos un todo y que no podemos disfrutar de un completo bienestar, si alguna de nuestras facultades no rinde a un nivel óptimo, por así decirlo. Como dice el viejo proverbio chino: “La persona que quiere venganza, debe cavar dos fosas”. De hecho, Caroline Myss, autora de “Anatomía del Espíritu”, afirma que mantener vivo el rencor es como reabrir heridas que ya habían sanado.

Ahora bien, si ya se han demostrado las bondades del perdón, es fácil preguntarse por qué todavía tantas personas no consiguen convertirlo en un hábito vital, equiparable a ejercitarse en un club deportivo, caminar varios kilómetros o practicar un arte marcial. La respuesta está en que no nos han enseñado. Por el contrario, desde la niñez, nos enseñan a sacar hacia fuera nuestros sentimientos y emociones sin que, a la par, desarrollemos un sentido crítico que nos permita controlar aquellas que tanto daño nos hacen.

Como en tantas otras áreas de la vida, desarrollar el hábito del perdón nos obligará a un entrenamiento consciente y voluntario. Siguiendo a Frederick Luskin de la Escuela de Medicina de la Universidad de Stanford, podrían considerarse tres pasos.

En primer lugar, cambiemos el modo en que juzgamos nuestro pasado. A menudo, miramos atrás y focalizamos nuestra atención y nuestro ánimo en el trauma que nos causaron. Alteremos el enfoque: derivemos toda nuestra energía a buscar el modo en que podamos crecer a partir de esa experiencia negativa; y pensemos, cómo podemos afrontar la situación que es consecuencia de aquél mal que nos hicieron.

En segundo lugar, manejemos el estrés mediante la técnica que más nos ayude. La meditación, la visualización o la respiración consciente son algunas de las posibilidades que podemos poner en práctica. Por otro lado, el ejercicio de la compasión o la oración por la otra persona pueden también ayudarnos a canalizar nuestras energías positivas y permitirnos convertir un mal en bien.

En tercer lugar, desechemos la idea de que siempre podemos obtener del mundo lo que deseamos. Este ejercicio de humildad contribuirá a que comprendamos que no siempre nos toparemos con experiencias positivas, pues el dolor forma parte del compendio de experiencias que cada día enfrentamos.

Raúl es teólogo, periodista y conferenciante ocasional. Ha trabajado, entre otros, en medios radiofónicos del grupo EITB. Además, ha dedicado los últimos tres años a su blog personal “Salburua” y a editar dos ensayos. Sus planteamientos beben en las fuentes del monoteísmo. Sin embargo, su talante dialogante le aleja de concepciones férreas y ortodoxas y le coloca siempre a la búsqueda incansable de esa verdad que sólo entre todos podemos encontrar.
Raul Diaz de Arkaia
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