LA VERDAD PROFUNDA

10 diciembre, 2012
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Existe una única pregunta que está oculta en el centro preciso de nuestra existencia.

Es la pregunta tácita que yace bajo cada elección que realizamos. Vive dentro de cada desafío que vendrá a ponernos a prueba, y es la base de todas las decisiones que enfrentaremos alguna vez. Si Dios tuviera un «contador» cósmico de preguntas para seguir la huella de las cosas que los humanos nos cuestionamos más, no tengo duda de que este dispositivo habría llegado al tope y regresado a cero tan a menudo en el registro de esta sola pregunta, que incluso, Dios habría perdido la cuenta de cuántas veces ha sido planteada.

La pregunta en la raíz de todas las preguntas -una que ha sido planteada innumerables veces por una cantidad innumerable de individuos, a lo largo de los aproximadamente 200.000 años que llevamos en la Tierra- es simplemente la siguiente: ¿Quiénes somos?

Si bien, la pregunta en sí, parece simple y corta, la forma en que la respondamos tiene implicaciones que no podemos evadir. Desgarra directamente en el corazón de cada momento de nuestra vida y forma la lente que define la manera en la que nos vemos en el mundo y las elecciones que escogemos. El significado que les damos a estas tres palabras se filtra en el tejido de nuestra sociedad. Aparece en todo lo que hacemos, desde la forma en que elegimos la comida que alimenta nuestro cuerpo… hasta la forma en que cuidamos de nosotros, de nuestros hijos pequeños y de nuestros padres en su vejez.

Nuestra respuesta a quiénes somos subyace el núcleo de principios de la civilización misma: influye en cómo compartimos recursos tales como el alimento, el agua, los medicamentos y otras necesidades de la vida; cuándo y por qué vamos a la guerra; y sobre qué se basa nuestra economía. Lo que creemos sobre nuestro pasado, nuestros orígenes y nuestro destino, incluso justifica nuestra forma de pensar cuando elegimos salvar una vida humana y cuando elegimos darle fin.

En lo que podría ser la mayor ironía de nuestra existencia, en el alba del siglo XXI, tras más de 5.000 años de historia registrada, todavía no hemos respondido claramente esta pregunta tan básica sobre nosotros. Y si bien, para descubrir la verdad de nuestra existencia, valdría la pena el tiempo, la energía y los recursos necesarios en cualquier momento, es aquí y ahora el momento espacialmente crítico, en la medida en que actualmente enfrentamos las mayores crisis que afectan la vida y la supervivencia en lo que lleva la memoria de nuestra especie.

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El peligro claro y presente

Una buena razón para saber quiénes somos sobresale de todas las demás. Quizá no sea coincidencia que hoy, tras tres siglos de usar el método científico para responder la pregunta más básica acerca de nosotros, también nos encontremos en graves problemas aquí, en el planeta Tierra. Los problemas en los que nos encontramos no son los viejos y habituales. Son los tipos de problema de los que están hechos los éxitos de taquilla y las novelas dramáticas.

Para expresarlo con absoluta claridad: No es la Tierra la que está en problemas. Somos nosotros, la gente que vive aquí en la Tierra. Puedo decir, con un alto grado de confianza, que nuestro planeta seguirá aquí dentro de 50 años y dentro de 500 años. Sin importar las elecciones que hagamos durante dicho período de tiempo -sin importar cuántas guerras libremos, cuántas revoluciones políticas comencemos ni qué tan gravemente contaminemos el aire y los océanos-, el mundo al que nuestros ancestros llamaron el «jardín» seguirá aquí, cumpliendo el mismo trayecto de 365,256 días alrededor del sol cada año, tal como lo ha hecho durante los últimos 4.550 millones de años, aproximadamente.

La pregunta no es sobre la Tierra; es sobre si nosotros estaremos o no, sobre la Tierra para disfrutarla. ¿Seguiremos nosotros aquí para disfrutar los atardeceres y los sensuales misterios de la naturaleza? ¿Seremos nosotros testigos de la belleza de las estaciones con nuestras familias y seres queridos? A menos que algo cambie pronto, todos los expertos apuestan en contra de nosotros.

¿El motivo? Que cuando se trata de tener lo que hace falta para que nuestros hijos y nosotros vivamos en la Tierra, estamos peligrosamente cerca de elegir aquello que nos lleva más allá del «punto de no retorno». Esta es la conclusión de un estudio independiente sobre el cambio climático, codirigido por el ex Secretario británico de Estado de transporte, Stephen Byers, y la senadora estadounidense Olympia Snowe (R-Maine), publicado en 2005. Declaraba que, solo en lo que respecta al medio ambiente, podríamos alcanzar ese punto de inflexión y perder la frágil tela de vida que nos sostiene, tan pronto como en diez años. Pero el medio ambiente es solo una, de una multitud de crisis que enfrentamos hoy, cada una de las cuales nos llevaría al mismo resultado mortal potencial para la raza humana.

Las mejores mentes de nuestro tiempo reconocen que estamos en múltiples rutas de colisión con resultados desastrosos -desde la renovada amenaza de una guerra global, el abuso de nuestros recursos y las crecientes faltas de alimento y agua potable; hasta el estrés sin precedentes que estamos ejerciendo sobre los océanos, bosques, ríos y lagos del mundo-. El problema es que los expertos parecen no ponerse de acuerdo sobre qué hacer con estos problemas.

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Actuar… pero ¿cómo?

A veces, es buena idea estudiar un problema detenidamente antes de actuar. Cuanto más sabemos acerca de una situación difícil, más certeza podemos tener de haber hallado las mejores soluciones para el dilema. Pero a veces, un estudio prolongado no es tan bueno. Hay veces en que lo mejor es actuar rápidamente para sobrevivir la crisis inmediata, y recién entonces estudiar el problema en detalle, desde la seguridad del tiempo conseguido al haber realizado una acción decisiva.

Quizá la mejor forma de ilustrar lo que quiero decir aquí sea con un escenario imaginario:

Digamos que en un día hermoso, diáfano y soleado, usted va cruzando un tramo de la autopista con un amigo para ir de su casa, que está a un lado de la carretera, a la casa de su amigo que está al otro lado. De repente ambos miran, tras haber estado sumidos en una conversación profunda, y ven un camión de 18 ruedas con remolque que viene directamente hacia ustedes.

De inmediato entra en juego la respuesta del cuerpo de «luchar o escapar» para que puedan actuar. La pregunta es: ¿Cómo? Tienen que decidir rápido si conviene ir hacia delante o volver al punto de partida, hasta que sea seguro cruzar. Usted y su amigo deben elegir, y rápido.

Ahí están, en medio de la autopista, con tres carriles delante y tres carriles detrás. El dilema es el siguiente: ¿Tienen tiempo de ir hacia delante a su destino, al otro lado, o es mejor retroceder al lugar de donde partieron? Para responder esta pregunta con absoluta certeza, necesitarían información que simplemente no tienen a mano en ese momento. No saben, por ejemplo, si el camión está vacío o cargado. Quizá no puedan precisar la velocidad en la que se mueve o si el conductor puede verlos en la carretera. Quizá no puedan reconocer si es un tractor que funciona con diesel o con gasolina el que se les viene encima, ni determinar qué marca de vehículo es.

Y se trata precisamente de eso. No necesitan saber todos esos detalles antes de actuar. En el momento en que están cruzando la autopista, ya tienen toda la información necesaria para saber que están en un mal lugar. Ya saben que su vida corre peligro. No necesitan tales detalles para reconocer lo obvio: hay un enorme camión yendo hacia ustedes… y si no se mueven rápido, en cuestión de segundos, nada más importará.

Si bien este escenario puede parecer un ejemplo tonto, es también precisamente la situación en la que nos encontramos hoy en el escenario mundial. Nuestros caminos, como individuos, familias y naciones, son como esos dos amigos cruzando la autopista. El «camión grande» que se nos viene encima es la tormenta perfecta de múltiples crisis: situaciones tales como, el cambio climático, el terrorismo, la guerra, las enfermedades, la desaparición de agua y alimento, y una multitud de modos insustentables de manejar la vida diaria aquí en la Tierra. Cada crisis tiene el potencial de poner fin a la civilización y a la vida humana tal como las conocemos.

Quizá no estemos de acuerdo en la forma en que dichos eventos están ocurriendo precisamente, pero eso no cambia el hecho de que están realmente sucediendo ahora. Y, al igual que los dos amigos que deben decidir seguir cruzando la autopista o regresar al lugar seguro del que partieron, podríamos estudiar cada crisis durante 100 años más… Sin embargo, el hecho es que hay gente, comunidades y formas de vida que no sobrevivirán el tiempo que hace falta para compilar todos los datos, publicar todos los informes y debatir todos los resultados.

La razón es que, mientras estamos evaluando el problema, habrá hogares destruidos por terremotos, «supertormentas», inundaciones y guerras; la Tierra que les dio la vida dejará de producir alimento; sus pozos se secarán; los océanos se elevarán; las costas desaparecerán; y esos individuos perderán todo, incluso sus vidas. Si bien estos escenarios pueden parecer extremos, los eventos que describo ya están ocurriendo en lugares como Haití, Japón, la Costa del Golfo de Estados Unidos y la devastada por la sequía África… y está empeorando.

Al igual que tiene tremendo sentido correrse del camino del enorme camión que se aproxima en la autopista antes de estudiar más el problema, tiene tremendo sentido correrse del camino de los múltiples desastres que amenazan en el horizonte, antes de que cobren más vidas.

Y, al igual que la dirección en la que elijamos movernos en la autopista determina si llegaremos a la casa de nuestro amigo al otro lado o no lo lograremos, la forma en que decidamos actuar de cara a las mayores amenazas de nuestra existencia, determinará si tendremos éxito o fracasaremos, si viviremos o moriremos. Todas nuestras elecciones de sobrevivencia apuntan nuevamente a la forma en que nos pensamos en el mundo y cómo nuestro pensamiento nos lleva a actuar.

El mensaje es que debemos actuar sabia y rápidamente para alejarnos de la colisión que nos espera en la autopista de la vida que hemos elegido cruzar. Quizá Albert Einstein lo dijo mejor: «A fin de que la humanidad sobreviva y se mueva a niveles más elevados, es esencial un nuevo tipo de pensamiento».2 Desarrollar un nuevo nivel de pensamiento es, precisamente, lo que debemos hacer hoy. Sabemos que el problema existe. Ya hemos aplicado las mejores mentes de nuestra época, y la mejor ciencia basada sobre las mejores teorías disponibles para estudiar tales problemas. Si estuviéramos en la pista correcta con nuestro pensamiento, ¿no tiene sentido pensar que ya deberíamos haber tenido más respuestas y mejores soluciones a esta altura? El hecho de que no sea así indica que debemos pensar diferente.

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El dilema

En los años recientes, una explosión de nuevos descubrimientos a lo largo de la ciencia ha dejado poca duda de que muchas perspectivas de larga data sobre la vida, nuestro mundo y nuestro cuerpo deben cambiar. El motivo es simple: Las ideas son equivocadas. Las nuevas evidencias nos han dado nuevas formas de pensar sobre las perennes preguntas de la vida, incluidas: ¿de dónde venimos?; ¿cuánto tiempo llevamos aquí?; ¿cuál es la mejor forma de sobrevivir a las crisis que enfrenta nuestro mundo?; y ¿qué podemos hacer ahora para mejorar las cosas?. Si bien los nuevos descubrimientos nos dan esperanza, a pesar de los hallazgos, aún tenemos un problema: el tiempo que hace falta para que integremos estos descubrimientos a la forma de pensamiento aceptada, podría ser mayor al tiempo disponible para resolver las crisis. El estado de la biología es un ejemplo perfecto de cómo funciona esto.

La ciencia de reciente desarrollo sobre la epigenética se basa en hechos científicos. Demuestra que el código genético al que llamamos el «modelo de la vida», nuestro ADN, cambia cuando nuestro ambiente cambia. La pieza que los científicos tradicionales son reticentes a conversar es que el ambiente que está cambiando nuestro ADN incluye más que las toxinas en el aire y el agua, y más que el «ruido» electromagnético que inunda a quienes viven entre líneas eléctricas, estaciones transformadoras y torres de teléfonos celulares de las ciudades más grandes del mundo. El ambiente incluye también nuestras propias experiencias personales y subjetivas de creencias, emociones y pensamientos.

Así, mientras la evidencia científica nos dice que podemos cambiar el ADN en la raíz de las enfermedades potencialmente mortales que arrasan con nuestros amigos y seres queridos, los libros de texto en los que confían los médicos occidentales aún nos enseñan que no podemos, diciendo que somos víctimas de la herencia y otros factores fuera de nuestro control. Afortunadamente, esto está empezando a cambiar.

A lo largo del trabajo de científicos visionarios, como el biólogo de células madre, Bruce Lipton, autor de La biología de la creencia (en español, Palmyra; en inglés, Hay House, 2008), los sorprendentes resultados de los últimos estudios se están filtrando lentamente a los libros de texto en los que confiamos para entendimientos médicos. Sin embargo, el conducto que lleva tales descubrimientos sobre nuestras células -al igual que los que actualizan lo que sabemos sobre el origen de nuestra especie, nuestra civilización y los detalles de nuestro pasado- es un sistema notoriamente lento. La regla general para el retraso entre un descubrimiento científico y su revisión, publicación y aceptación -antes de que aparezca en los libros de texto- es de entre ocho y diez años, y a veces mayor. Y es aquí que el problema se hace evidente.

Las mejores mentes de la actualidad nos dicen, en términos no inciertos, que estamos enfrentando múltiples crisis que plantean amenazas de una magnitud sin precedentes, y que cada una de estas crisis debe ser abordada de inmediato. Simplemente, no tenemos de ocho a diez años para resolver cómo adaptarnos a la situación e impedir las amenazas emergentes del terrorismo, la guerra y una carrera de armas nucleares en el Oriente Medio. Estos son temas que deben ser abordados ahora.

Nuestras viejas formas de pensamiento -que incluyen creer en la supervivencia del más apto, la necesidad de competencia y nuestra separación de la naturaleza- nos han llevado al borde del desastre. Estamos viviendo un momento de la historia en el que debemos encarar la pérdida potencial de todo lo que apreciamos como civilización. Es precisamente porque necesitamos formas de pensamiento nuevas, que la antigua pregunta de “quiénes somos” adopta un mayor significado que nunca. Al mismo tiempo, una nueva forma de ver el mundo, basada en un cuerpo creciente de evidencia científica, está aportando las piezas faltantes de nuestro conocimiento y cambiando la forma en que pensamos sobre nosotros mismos.

A la luz de la nueva evidencia acerca de las civilizaciones cerca de la era de hielo, los supuestos falsos de la evolución humana, el origen y la función de la guerra en nuestro pasado y el énfasis indebido en la competencia en nuestra vida actual, debemos repensar las creencias más básicas que yacen en el centro de las decisiones que tomamos y la forma en la que vivimos. Aquí es donde entra La verdad profunda.

 Extracto del libro «Deep Truth». Traducción por Carolina Iglesias.

Gregg Braden es escritor y científico, también filósofo. Un verdadero "científico new age" que está uniendo elegantemente el caminar de la ciencia y el de la espiritualidad. Es además un gran divulgador. Ha viajado por todo el mundo investigando las pirámides y centros de poder de cada cultura, así como los últimos descubrimientos de la genética y los recientes fenómenos físicos planetarios que nunca antes se habían presentado en la historia de nuestra ciencia.
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One Response to LA VERDAD PROFUNDA

  1. LA HORA DEL CAMBIO | Serendipity In The Way on 10 diciembre, 2012 at 14:21

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