REFLEXIONES DE UNA MADRE CONSCIENTE EN PRÁCTICAS

9 enero, 2013
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VALORES E INFANCIA

Cuando la maternidad llegó a mi vida, sabía con certeza que la educación que quería dar a este maravilloso ser recién llegado no iba a ser trabajo de un día. Su papá y yo esperamos el momento que consideramos oportuno para poder ofrecerle todo cuanto consideramos que necesitaba: un hogar cómodo y seguro, unos padres conscientes de la responsabilidad que conlleva la paternidad y, sobre todo, un deseo increíble de ofrecer al mundo un ser especial.

Recuerdo con mucho cariño cuando se aposentó en mi barriga. ¡Qué alegría!, aquel pequeño ser había decidido alojarse allí, y nosotros debíamos y deseábamos corresponderle. Es por ello, que a partir de ese momento, empezamos a soñar cómo queríamos que fuera nuestra niña. Lejos de los rasgos físicos (que también era algo de lo que nos entreteníamos hablando), soñábamos y lo seguimos haciendo con la idea de que nuestra hijita fuera un día alguien “importante”, alguien con un corazón grande, que triunfara en la vida. ¿Y qué significa para nosotros el triunfo?, complicada pregunta. Bajo mi punto de vista, significa ser capaz de desenvolverse en todo tipo de situaciones y con todo tipo de personas, integrarse en un mundo al que ame, y por tanto, respete, del que reciba y al que por supuesto, dé. ¿Y cuánto me gustaría que diera y recibiera del mundo? Eso es más fácil de contestar: TODO.

No puedo obviar que junto con mis sueños de futuro sobre mi hija, también albergaba miedos, miedos que si soy sincera, aún me tocan la espalda cuando me despisto. Como decía aquel proverbio africano: “Para educar a un niño hace falta una tribu entera”. Por ello, a menudo me pregunto si los criterios educativos que personalmente considero válidos, lo son también en nuestra sociedad actual. Pongo un ejemplo: Me gustaría que mi hija entendiera que el esfuerzo es necesario para conseguir aquellas metas que se proponga, que experimentara la satisfacción de saberse responsable de sus éxitos, de demostrarse a sí misma que es capaz de conseguir por sus propios méritos todo cuanto sueñe.

Pero ¿cómo puedo conseguirlo, si ella va absorbiendo de su alrededor la “cultura” del mínimo esfuerzo?

Muchos niños, apasionados con el fútbol, ven cada día los éxitos de sus jugadores favoritos: salen en televisión; ganan mucho dinero; conducen los mejores coches, acompañados de las chicas más guapas. Pero ¿quién les muestra el esfuerzo necesario para llegar a ese status?; ¿quién les explica que después de clase, entrenaban horas y horas en lugar de andar jugando con los amigos o ir a sus cumpleaños?; ¿quién les enseña que en muchos casos han tenido que estar lejos de sus familias, durante largas temporadas? Doy por hecho que para estos chiquillos, todo esfuerzo compensa y lo aceptan de buen grado, pero no deja de ser un constante desafío personal fuera de la vista del resto del mundo.

Pensando, mientras escribo estas líneas, me planteo que, a veces, con toda nuestra buena intención, “dirigimos” los pasos de nuestros hijos hacia lo que consideramos que les beneficiará, o lo que creemos que más felices les hará; y considero que así debe ser, pero no puedo evitar recordar y recordarme a mí misma algo obvio, pero de suma importancia: ¿hemos preguntado a nuestros hijos si es eso lo que realmente desean? Soy consciente que la pregunta, según la edad, es arriesgada, pero de algún modo, cada padre sabe entender y escuchar las actitudes que los niños muestran, incluso sin palabras.

Es por ello, que bajo mi punto de vista, debemos permanecer en constante alerta. ¿Cómo?, ofreciendo a nuestros pequeños oportunidades constantes de aprendizaje, de experimentación, de autonomía, de toma de decisiones, cuyas consecuencias asuman… ¿Y a partir de qué edad empezar?, pues ya, en cualquier momento, cuanto antes mejor. Yo no me considero una madre excelente, y soy consciente de que cometo muchos errores. De algunos, me doy cuenta y trato de enmendarlos, pero de otros, no soy consciente aún y los repito. Por ello creo que la labor de ser padres supone un aprendizaje constante a lo largo de la vida. Y cualquier momento, cualquier situación con los peques es una oportunidad de aprender, tanto para ellos como para nosotros; y cuando digo, “nosotros”, no estoy refiriéndome solo a los padres, sino a cualquier persona que comparta esos momentos y situaciones con ellos. Tenemos tanto que aprender de los niños… La vida es un camino compartido con ellos, una oportunidad para aprender y crecer juntos, de la mano.

Mil veces por lo menos, habremos escuchado que los niños no vienen con un manual de instrucciones bajo el brazo, pero yo he descubierto que sí. El problema es que ese manual está escrito en un idioma que no dominamos, al menos al principio, pero que se aprende rápido. Enseguida asumimos la función de enseñar a nuestros pequeños a caminar, a jugar, a mantener ordenada su habitación. Pero es que ellos también nos enseñan, eso sí, si les dejamos, y para ello hay que asumir ciertos riesgos. Si no damos la oportunidad a un niño de probar si puede hacer algo sin ayuda, ni él ni nosotros sabremos si es capaz, y por tanto, limitaremos de algún modo la consecución de otro reto mayor. Pongo otro ejemplo: Alguna tarde que estamos en el parque con nuestra pequeña y nos acompañan sus abuelos, me divierte más ver las caras de susto de los adultos, que los modos arriesgados en los que Nerea se tira del tobogán. Como dice la abuela, se le pone el corazón en la garganta viéndola lanzarse sin miedo boca abajo, del revés, de costado… A veces, también tengo la incertidumbre de saber si se golpeará, pero considero que dentro de un límite, por supuesto, es mejor potenciar el hecho de retarse a sí misma, y la animo a que lo haga. He aceptado que (y reitero, dentro de unos límites) sea ella quien marque su ritmo de aprendizaje. En todo momento nos dice, a través de ese manual al que antes me refería, si está preparada para asumir sus propios retos o no lo está, y si necesita ayuda para superarlos. Para ella también es un orgullo darse cuenta de sus logros, porque si no, ¿a qué vienen esas palmaditas y esa enorme sonrisa cuando consigue ponerse un zapato sin ayuda por primera vez?

Del mismo modo, los niños aprenden a interactuar con los demás. El hecho de ir a jugar al parque, o asistir a una guardería o al cole supone el aprendizaje y la puesta en práctica de aquellos valores que conlleva la socialización, valores que aprenden y practican con mayor o menor dificultad.

Es curioso, y reconozco que me encanta, observar a los niños relacionarse, cómo se organizan para jugar, consensuando sus propias reglas. Me maravilla la capacidad que tienen para entender y hacerse entender, muchas veces sin la necesidad de que un adulto modere la situación. Claro que, en algunas ocasiones y por cualquier motivo que a los adultos nos parece banal pero que para ellos es toda una afrenta, surge el conflicto. A veces, acude rápidamente algún papá o mamá e interviene para que la riña no vaya a mayores, pero mi opinión personal es que es mejor dejar que los niños solucionen sus propios conflictos. No digo con esto que debamos permitir que se tiren de los pelos sin intervenir, sino que presenciemos, desde la distancia, la situación conflictiva y proporcionemos a los niños las herramientas necesarias para resolverla.

Lo que quiero explicar con ello, es que en lugar de asumir el rol de administradores de justicia, sean los propios niños, a través de las pautas aprendidas, quienes den solución al problema, incluso lo eviten. De esta manera, ellos, de modo más o menos consciente, aprenderán que pueden hacerlo y que pueden y deben tomar decisiones y asumir sus consecuencias. La responsabilidad es suya.

Por todo ello considero tan vital para un desarrollo integral de nuestros niños la alimentación y la sanidad, como la educación en valores, como compartir, aceptar las diferencias de cada persona, respetar o saber valorar y transmitir lo bueno de los demás.

Sí, claro, pero ¿cómo lo podemos conseguir? Pues de puro lógico parece muy fácil, aunque si somos sinceros con nosotros mismos, quizás descubramos (en mi caso así es), que no lo es tanto. Pues sí, la herramienta más eficaz es el ejemplo.

Todo lo que hacemos es imitado por los niños. Cuánto me divierte ver a mi hija pasearse por casa con mis tacones, hacerme Reiki si ve que me duele la cabeza, o compartir el último trozo de chocolate de la tableta.

Me encanta descubrir conductas en mi niña que me hacen sentir muy orgullosa de ella, como esa delicadeza que tiene cuando ve a algún niño llorar porque se ha lastimado jugando y le llena de besos y caricias, o recoger un papel del suelo que ni siquiera ella ha tirado y echarlo en una papelera sin que se le pida. Pero lo que no me gusta tanto es ver cómo imita mi voz de enfado cuando riñe a sus muñecos. Y está muy bien que ella lo haga, puesto que lejos de conseguir que me fustigue por ello, me ayuda a ser consciente de mi error, y por tanto, seguir aprendiendo como madre y como persona, que alzar la voz no es el mejor modo de arreglar las cosas. De nuevo, aprendizaje continuo. Estas pequeñas esponjas lo aprenden e imitan todo y son mucho más observadoras de lo que muchas veces pensamos. Por ello, si independientemente de nuestro rol de padres o educadores, simplemente como personas, tratamos de ser mejores día a día y crecemos en estos valores, nuestros pequeños compañeros los irán interiorizando con una naturalidad sorprendente. Si además, este crecimiento personal lo aderezamos con un entorno flexible y creativo, que permita a los niños manejarse en situaciones diferentes, descubrir el mundo y a ellos mismos; si les brindamos incondicionalmente nuestro apoyo y comunicación, entonces estaremos ayudando a nuestros niños a desarrollarse, a participar, a conseguir el éxito al que me refería al principio, en definitiva, a ser felices.

Mis esperanzas, como madre, están volcadas en este modo de ver la educación en valores, en estas gafas de ver el mundo. Si estoy equivocada, el tiempo me lo dirá, pero no creo ir mal encaminada. Por supuesto, estaré encantada de conocer vuestras opiniones y vuestras experiencias, ya que mi interés es seguir aprendiendo. Y estoy segura de que tengo mucho que aprender de cada uno de vosotros.

Azucena Ubierna es el resultado de la combinación de los siguientes ingredientes: Madre, Maestra de Educación Especial, Pedagoga, Life Coach y Maestra Reiki. Trabaja en la Universidad de Burgos como Orientadora Profesional, y es creadora de Vitactiva Coaching y Formación. Trabaja con jóvenes, adolescentes y niños de 0 a 104 años y su gran sueño es contribuir en el desarrollo holístico de las personas, basado en la autenticidad, la automotivación, el descubrimiento de herramientas internas y la diversión.
Azucena Ubierna
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