¡¡ADIOS!!! …POR NECESIDAD VIAJERA

9 enero, 2013
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Me gusta ver la vida como si de un largo viaje se tratara. Un viaje en uno de aquellos viejos vagones de tren compartimentados, en los que, en cada estación, nuevos viajeros ocupan el sitio dejado por los que lo abandonan. Cada persona que aparece en nuestra vida puede hacerlo para compartir con nosotros unas pocas etapas de nuestro viaje personal. Las hay que, en nuestro largo camino, bajan en una estación para volver a compartir viaje más adelante con nosotros. También existen las que suben a nuestro compartimento y mantienen una breve conversación con nosotros, apeándose en la siguiente estación sin, ni tan siquiera, habernos dicho su nombre —aun así, algunas de ellas nos marcan para toda la vida—. La gran mayoría de esas personas con las que compartimos viaje, siguen su camino, y no volvemos a verlas jamás. Existen algunas, un poco más especiales —en realidad todas lo son—, que una vez suben a nuestro compartimento, se acomodan a nuestro lado —y nosotros al suyo—, convirtiéndose en fieles compañeras de viaje; son aquellas con las que no solo compartimos destino, sino también compartimos camino.

Durante nuestro viaje, son muchas las ocasiones en las que tenemos la necesidad de deshacernos de distintas personas. Sí, sé que suena realmente mal. Pero quizás deberíamos empezar a ser más claros cuando hablamos, a ser más sinceros con nosotros mismos. El mundo no está para medias verdades. El mundo y nosotros mismos nos merecemos claridad, honestidad y sinceridad.

Hay momentos en nuestra vida en que nos encontramos en situaciones en que, por ejemplo, algún compañero no nos permite seguir avanzando en nuestro camino. Primero, tal vez, porque él no está dispuesto a avanzar; segundo, porque puede necesitar de más tiempo para evolucionar; o tercero, porque sentimos que de alguna manera, no solo nos retrasa en nuestro viaje, sino que nos ancla, a veces incluso, sacándonos de nuestro centro y desviándonos de nuestro camino. En esos momentos resulta necesario elegir entre la lealtad, a veces mal entendida, y nuestro propio crecimiento personal.

Estos momentos resultan en ocasiones tan duros, que muchos de ellos somos incapaces de afrontarlos de una manera consciente. Por el contrario, tomamos el camino del inconsciente y actuamos de forma instintiva. Así, tendemos a ser poco justos y poco sinceros para con nosotros y con los demás, a veces crueles. Tampoco ayuda el hecho de que la otra persona sea incapaz de aceptar la situación, y menos de comprender las razones que la provocan.

En estas situaciones, y como consecuencia de esa falta de sinceridad con nosotros mismos, resulta también habitual buscar una excusa que nos permita poner pies en polvorosa. Suelen ser buenas excusas: cumpleaños olvidados, pequeños defectos o equivocaciones que antes aceptábamos con comprensión, pequeñas ofensas que exageramos, etc.

Pasa el tiempo y nos planteamos por qué dejamos aquella relación de pareja, aquella amistad, aquel proyecto, y lo hacemos, sorprendiéndonos por no ser capaces de recordar cuáles fueron los motivos. ¡Claro! ¿Cómo recordar algo tan nimio que solo nos sirvió de excusa? La realidad es mucho más sencilla: «Dejé aquella relación porque sentía que no evolucionaba en la dirección correcta». «Dejé aquel grupo de amigos porque, cada vez que estaba con ellos, me alejaban de mis verdaderos intereses». «Dejé aquel proyecto porque sentía que quienes lo componían no estaban preparados para sacarlo adelante». «Dejé a un lado aquel grupo porque, mientras pertenecía a él, sentía que me comportaba como en realidad yo no era».

Si hacemos un ejercicio de sinceridad con nosotros mismos, podemos ser capaces de afrontar estas situaciones con más eficiencia. Haciéndolo así, podremos ser más justos con nuestros compañeros «temporales» de viaje, y seremos capaces de aceptar las situaciones en que nosotros seamos los «abandonados».

A lo largo de mi vida, he compartido tren con muchas personas. Todas ellas me aportaron algo de valor incalculable. Las hubo de las que nunca conocí su nombre, y de las que nunca oí su voz. Una sonrisa, una palabra… Habitualmente una mirada, fue suficiente para fundir por unos instantes nuestras almas. Todas ellas, las que estuvieron más cerca o las que estuvieron un poquito más distantes, enriquecieron mi viaje. Por todas ellas guardo un cariño especial, y, a veces, una profunda pena, por no haberles podido mostrar que mi partida no era por falta de cariño, sino por necesidad viajera.

Daniel Sotelino dirige la revista digital Serendipity in the Way, en ella escribe de forma habitual y comparte con todo aquel que así lo desea, su visión personal del universo y su forma de entender la vida. Daniel Sotelino es autor del libro "La Fórmula de la Felicidad". En él comparte la sabiduría encontrada a lo largo de la historia y ofrece las claves para alcanzar esa FELICIDAD con mayúsculas que todos anhelamos en lo más profundo de nuestros corazones.
Daniel Sotelino
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