VIVIR LA GRATUIDAD

9 enero, 2013
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Uno de mis mejores amigos acaba de sufrir uno de los peores embates que la vida podría depararle. Su historia no nos resulta ajena, pues se trata de la quiebra de su pequeño negocio. Como drama añadido, se arriesga a perder la vivienda en la que ha residido los últimos tres años. Y ello, a pesar de que lleva 10 años luchando contra viento y marea para alcanzar una vida próspera en lo profesional. Sin embargo, debe 24.000 euros al banco; espera, nervioso, la pérdida de su subsidio de desempleo; e imagina la entrada en el Nuevo Año de la mano de una Renta de Garantía de Ingresos que le salve de la indigencia.

Mi amigo está henchido de orgullo. Se considera a sí mismo un superviviente nato. Sin deudas que pagar en materia de enchufes –nunca tuvo padrinos y siempre peleó solo-, lo poco que ha logrado en la última década se lo ha ganado a pulso. Y está dispuesto, por así decirlo, a morir con las botas puestas.

Apuesto a que también ustedes se han sentido así en más de una ocasión. A fin de cuentas, la globalización nos ha abocado a sentir que “podemos con todo, somos invencibles”. Dicho sentimiento traspasa fronteras. De hecho, nuestros gobiernos, nuestras instituciones, nuestras empresas, nuestras familias… ¡incluso nuestros gurús!… nos han vendido ese modus vivendi: se trata de ejercer el papel de superhombres o supermujeres que, a ciencia cierta, ni somos ni seremos jamás.

Es entonces, al fallar las fuerzas o, sencillamente, al vernos sumidos en la impotencia, cuando debería salir a relucir el niño desamparado que llevamos dentro. La criatura desasistida se pregunta entonces, “¿qué hay de lo mío?”, y acude en busca de refugio a una figura materna. Lo deseable, en ese caso, sería hacer las paces con nosotros mismos. Esto es, perdonarnos por nuestros fracasos, para después, admitir nuestras limitaciones y abrir nuestros corazones a la posibilidad de recibir ayuda.

Sin embargo, nos sabemos programados para todo lo contrario. Nuestro orgullo, como le ocurre a mi amigo, termina imponiéndose de modo irresponsable. Reconocemos en nuestro foro interno que hemos tocado fondo y que resulta imposible caer más bajo. Sentimos, además, vergüenza, porque no logramos alcanzar las metas que meses o años atrás nos habíamos propuesto. La frustración está, pues, servida.

Afortunadamente para nosotros, entran en acción y llaman a nuestra puerta nuestros particulares benefactores. Pueden ser personas adineradas, familiares cercanos, amigos del alma o, sencillamente, personas que, desde el anonimato, contribuyen a apagar el incendio que hemos desatado. Sin embargo, a menudo creemos no merecer esa ayuda que jamás nos habríamos planteado aceptar en condiciones normales, cuando navegamos con vientos favorables y no amenaza tormenta.

Por lo general, tomamos buena nota de la ayuda que esas almas plenas de generosidad van a brindarnos. Establecemos nuestra particular lista de favores y nos prometemos a nosotros mismos que en un plazo de tiempo lo más breve posible los devolveremos uno a uno. Para nuestra desgracia, y merced al statu quo que entre todos hemos contribuido a crear, esa serie de ayudas que nuestros particulares mecenas se empeñan en darnos suelen llegar en forma de dinero. Y podemos llegar a ser tan despiadados con nosotros, como para pensar que, si no logramos devolver hasta el último chavo, nos decepcionaremos a nosotros mismos por enésima vez.

Ante semejante atolladero, la humildad puede ser una excelente consejera. Admitir nuestra limitación equivale a aceptar nuestra derrota con deportividad. Por consiguiente, asumir que hemos llegado al límite de nuestras fuerzas debería llevarnos a acoger lo que puedan aportarnos, sin obsesionarnos ante la duda de, si podremos devolver lo que de modo gratuito –sin esperar nada a cambio– nos dan.

Jesús de Nazaret nos invita a dar gratis aquello que de modo gratuito recibimos, en su día (Mt 10:8). No podría ser de otro modo. Si hacemos el esfuerzo de mirar con lupa nuestra diaria existencia, nos daremos cuenta de que, más allá del mercantilismo que rige gran parte de nuestras vidas, todo es gratuidad. El sol, que sale cada mañana y el paisaje, sea natural o urbanizado, adornan nuestra vista. Cada sonrisa que se nos brinda y cada gesto afable que se nos dedica; cada brizna de aire fresco que sentimos en el rostro en un día de verano; cada momento único e irrepetible que pasamos junto a nuestros seres queridos; cada palabra que nos inspira; cada canción o película que nos emociona y cada muestra de amor que nos brinda esperanza ante un futuro incierto… se nos da de forma gratuita.

Si somos capaces de aceptar toda esa gratuidad sin contrapartidas, sin dar nada a cambio, ¿seremos tan ingratos como para no aceptar que en determinados momentos de nuestras vidas no podamos devolver favores? Seamos entonces, capaces de tragar nuestro orgullo y decir, simple y llanamente, “¡gracias!”.

Raúl es teólogo, periodista y conferenciante ocasional. Ha trabajado, entre otros, en medios radiofónicos del grupo EITB. Además, ha dedicado los últimos tres años a su blog personal “Salburua” y a editar dos ensayos. Sus planteamientos beben en las fuentes del monoteísmo. Sin embargo, su talante dialogante le aleja de concepciones férreas y ortodoxas y le coloca siempre a la búsqueda incansable de esa verdad que sólo entre todos podemos encontrar.
Raul Diaz de Arkaia
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